sábado, 15 de marzo de 2008

MASONERIA Y CATOLICISMO: UN DIÁLOGO OFICIAL


270 años han tardado la Iglesia Católica y la masonería, desde la bula In Eminenti, en dialogar públicamente de forma oficial. El acontecimiento tuvo lugar en Bélgica esta semana en el marco de la Feria del Libro. Henri Bartholomeeusen, Gran Maestre del Gran Oriente de Bélgica y Godfried Danneels, Cardenal Primado de Bélgica, fueron los protagonistas de un debate histórico moderado por el periodista Eddy Caekelberghs sobre el tema: “Del anatema al diálogo”

Agradecemos a nuestro Q.·.H.·. Jiri Pragman habernos permitido brindado la ocasión de conocer, a través de su ineludible Blog Maçonnique, esta histórica entrevista, grabada para el programa Face à l´info y que está disponible, íntegramente, en forma de podcast.

Nos parece importante que los HH.·. hispanohablantes tengan también acceso a ella y por ello propondremos, a lo largo de tres artículos, la transcripción literal de la entrevista. He aquí el primero de ellos:

Entrevistador: Monseñor, veo que, muy pronto -desde 1738-, con la bula In Eminenti del Papa Clemente XII, hay una condena pública -es la primera- de una agrupación llamada francmasonería, porque en ella se hacen juramentos turbios, en la oscuridad del secreto, y no cabe a los católicos considerar pertenecer a la masonería. Podría multiplicar uno ese tipo de declaraciones hasta hace poco; el Papa actual, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, volvió a precisar que ser a la vez católico y masón no era procedente. ¿Siguen siendo, efectivamente, para usted, mundos antagónicos?

Cardenal: tener una larga Historia como la nuestra tiene ventajas y desventajas. Es que se puede, evidentemente, ver nuestros genes de dónde venimos pero no es necesariamente cierto que siempre sea válido. Yo diría que depende de lo que se piense cuando se oye a la masonería. Por que no hay que olvidar que existe, al fin y al cabo, una divergencia bastante grande entre una religión trascendente y de revelación y una autoridad de la inteligencia y la razón humanas. Creo que ahí hay, a pesar de todo, una diferencia que no hay que obviar. Evidentemente, en esa época -la de esas declaraciones- se pensaba que tener una identidad equivale a enfadarse con otra: ése ya no es el caso, y creo que ya no es el caso por ninguna de las dos partes; se puede tener una identidad, y no necesariamente tener miedo de afirmar su identidad, de lo contrario el diálogo es falso. Por tanto, hay que afirmar la propia identidad pero, por otro lado, eso no impide a alguien hablarle a otro y darse cuenta de lo que piensa, de lo que no piensa, ese otro. Porque quizá uno de los problemas sea la ignorancia mútua. Nos conocemos muy poco: esto es una primicia, es evidente. Bueno, hoy en día se dan muchas primicias, pero sigue siendo una primicia decírselo: no nos conocemos tanto unos a otros, así que diría que hay que mirar qué significa esa condena: ¿es una afirmación de identidad? Sí. Si supone, además, condenar a otro, yo estaría menos de acuerdo con ella. Pero está ligado a la época: todos fuimos así.

Entrevistador: por otra parte, para usted, Henri Bartholomeeusen, como presidente de una de las obediencias belgas… la más antigua, para empezar, y que ha tenido a menudo la reputación de ser ferozmente anticlerical, como tal, citaré aquí, simplemente, no a un masón, pero a un francés, Pierre-Joseph Proudhon, quien dijo” el hombre se vuelve ateo cuando se siente mejor que su dios”. Se entiende por ahí, naturalmente, que no imaginaba congratularse por una aproximación entre la masonería, por ejemplo, y la Iglesia. Más próximo a usted, en Bélgica, uno de los fundadores del Gran Oriente de Bélgica, Joseph-Marie de Fresnes, que era miembro de la logia “Les vrais amis philantropes” y de “Les vrais amis de l´Union”, que creó después de una carta de los obispos belgas, justo tras la creación del Estado, una canción titulada “Los francmasones y el clero belga. Cántico destinado a las logias masónicas”, en la que dice: “los servidores titulados del Vaticano declaran la guerra a los masones, es demasiado cierto: esos adeptos con mitra ya han lanzado sobre nosotros su trueno, volvámonos contra ellos con las temibles armas de la razón sin hiel y sin amargor, ya no son ministros del Señor desde que condenaron a sus semejantes”. Está claro que, en materia de anatemas, las cosas podían ser recíprocas, ¿no?

Gran Maestre: sí, si me habla usted del anticlericalismo, eso implica, evidentemente, que uno se interrogue sobre la cuestión de saber qué es el clericalismo. Y ahí hay que matizar mucho. Cuando el sacerdote dice su fe, que necesariamente es común al conjunto de su Iglesia, cuando dice su doctrina, la doctrina de su fe -que, cuando es avalada, puede convertirse en ley- no me supone un problema cuando se dirige a sus adeptos, en la medida en que éstos sean adultos y consientan en ello, o, en todo caso, capaces de discernir. Tengo más reservas cuando se dirige -quizá podríamos hablar de ello- a los recién nacidos a los que se bautiza y a los que se impregna un poco como a las ocas de Lorentz. Pero, con esa salvedad, puedo aceptar sin dificultad que el sacerdote practique su ministerio. La coas es totalmente diferente cuando pretende elevar al nivel político sus valores de verdad, porque, si hay una cosa que debe salir del campo político- y es lo que caracteriza el clericalismo, siendo el clericalismo la opinión de los partidarios de que se inmiscuya el clero en la política-, lo que no puede, efectivamente, declararse en el plano político es la Verdad. Porque la verdad no se vota. La verdad no es una cuestión de mayoría frente a minoría, la verdad no se decreta a priori, la verdad religiosa. Por tanto, así como estaría dispuesto a defender a un sacerdote para ayudarle a cumplir con su ministerio, cuando se entra en lo que se llama el clericalismo así entendido, sería el primero, evidentemente, en atacarlo. Es una cuestión de libertad de conciencia, pero lo he dicho de forma desacomplejada porque pienso que el clericalismo de ese cariz no es del gusto del cardenal aquí presente. Tengo la sensación de que podría compartir quizás mis sentimientos, ya que pienso que es un hombre que tiene el alma bien hecha (RISAS).

Entrevistador: Godfried Danneels, leyendo, recientemente, la entrevista concedida por el arzobispo de Fréjus-Toulon, Monseñor Dominique Rey -y era hace unas semanas-. éste volvía a preconizar una distancia razonable -por no decir más- entre la iglesia y la masonería, diciendo ·”la inteligencia y la razón humana sigue siendo soberana en todas las cosas en masonería, la masonería refuta todo fenómeno sobrenatural, considerado como una intervención divina, es, por tanto, una filosofía humanista consagrada a la búsqueda de la verdad, pero estima que ésta es inaccesible y por tanto es sospechosa de relativismo.” Aún suscribe usted ese discurso o considera que también es un fenómeno de la época?

Cardenal: hay ahí una parte que es cierta: es que la masonería considera la razón humana como la instancia suprema y libre. Y estoy totalmente de acuerdo en que se puede tener esa concepción; lo que puede decirse es que la Iglesia católica no es de esa opinión porque hay una trascendencia. Diciendo lo que Monseñor Rey dice ahí… sí, si se mantiene uno en el plano filosófico y religioso. Pero si se conviertiera en una especie de movilización de uno contra otro -cosa que, creo, no está en ese texto- yo sería más reticente. Para mí, el gran problema es cuando la religión -e incluso la masonería- se transforman en un instrumento de poder. Para mí, el clericalismo es entender la religión como un instrumento de poder -y a lo largo de la Historia se ha hecho, ¿eh? Por supuesto-, así que los católicos, evidentemente, y los cristianos pueden tener una convicción política y estar representados en el Parlamento y votar por mayoría contra minoría, porqué no, pero el clero no tiene que ser más que el que propaga la convicción religiosa, y no utilizar directamente los instrumentos que son propiamente políticos, de fuerza y de poder. Y eso ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Lo que el señor Gran Maestre decía, por ejemplo, respecto a que yo no estoy en esa línea, es absolutamente cierto. Y siempre he querido ser así. La Iglesia debe afirmar su identidad por la palabra. Y son los cristianos y los católicos, no el clero, los que deben poner eso en práctica en política y en otros aspectos. Y eso es, al fin y al cabo, algo que ha cambiado a lo largo, digamos, del último siglo o medio siglo.

Entrevistador: si pudiéramos, durante algunos momentos, seguir intentado comprender la evolución, harto reciente, de las cosas y las posiciones de unos y otros, señor cardenal, tendríamos que destacar, seguramente, muchos discursos que han provenido ,ya sea del Magisterio romano ya sea de la Curia, durante estos últimos meses, apelando a formas de objeción de conciencia reconocidas para médicos, para farmacéuticos, o apelando, particularmente, es cierto, en suelo italiano pero a veces también en suelo español, en la campaña política, a los representantes, a los cargos políticos electos, a que no se asocien al voto de tal o cual ley, en nombre de su pertenencia y de su conciencia política, filosófica y de convicciones. ¿No contradice eso, para usted, lo que acaba de decir (a saber, apelar a no propagar más que el mensaje de la convicción?

Cardenal: es ir un poco lejos. Dar instrucciones de voto es ir un poco lejos. También lo hemos hecho, ¿eh? Hace algunos años, respecto a la cuestión escolar, por ejemplo, también lo hicimos. Pero me parece que la palabra de la Iglesia debe ser tan fuerte y directa… sin tener que bajar hasta lo político-político.. Evidentemente, hay política con minúscula, esa política de partidos no es asunto nuestro. Pero en la Política con mayúscula, que sería el bienestar, la “polis” de la sociedad, yo creo que hay que hablar alto y claro, decir: “mirad, nosotros pensamos ésto”.
Entrevistador: es lo que llamaría usted, no quizá “laicidad positiva” -concepto manifiestamente preciado por el presidente francés- pero ¿laicidad “desacomplejada”?

Cardenal: sí, y abierta. Creo que un laicidad cerrada es una lacidad que opina que todas las convicciones han de ser grises, así no puede uno destacar. Una laicidad abierta dice que hay tantas buenas cosas como colores haya, por ejemplo. Y creo que pasamos lenta y progresivamente de una laicidad cerrada y clausurada a una laicidad abierta, lo que, para mí, es perfectamente compatible con el magisterio, con la curia y con todo.
Entrevistador: Henri Bartholomeeusen, ¿alguna reacción al respecto? Se ha glosado mucho en Francia sobre esa “laicidad positiva” que Monseñor Danneels llama lacidad más desacomplejada o abierta: ¿cuál sería su aproximación a este problema?

Gran Maestre: bien, cuando oigo expresarse al cardenal oigo a un hombre que expresa una religiosidad “desacomplejada”; “positiva”, y pienso que eso contribuye a “desacomplejar” y a “hacer positivo” al laico que soy. Yo me siento muy desacomplejado cuando veo que, por ejemplo, las autoridades académicas de la Universidad de Louvun, hoy en día, son capaces de enfrentarse al Magisterio, de escoger de forma autónoma las investigaciones que quieren llevar a cabo sin plegarse a la ética que exigiría, quizá, la religión. Me parece un hermosísimo paso adelante: eso no es irreligioso, eso permite, sencillamente, distinguir entre lo que depende de los valores y principios morales universales y lo que atañe a la religión.

Entrevistador: en su libro, señor cardenal, dice usted: “es de extrema importancia para nuestras Universidads permanecer insertadas en implantadas en el mundo científico y técnico; de lo contrario, la Iglesia se convertirá en una especie de fortaleza que ya nadie visitará”. Se sabe que, muy regularmente -desde hace más de veinte años-, la Universidad Católica de Louvain y la cauen? son convocadas, de vez en cuando, a Roma porque en el ámbito de la ciencia, de la investigación in vitro, etc, no respetan la letra -o incluso el espíritu- de la intención de algunos. De hecho, usted ha acudido en su ayuda.

Cardenal: nunca han sido convocados. Pidieron ellos mismos poder ir a Roma para explicar a técnicos, no a gente de poder dentro de la Iglesia sino a técnicos en biomedicina -no en bioética- y no fuimos el rector ni yo a Roma sino que fueron los técnicos de Louvain -de Loewen-, en fin, de los dos, de Louvain y Loewn, quienes fueron a Roma para explicarse. Ese encuentro fue muy bueno -además se repetirá-, pero, para abordar el problema desde un ángulo un poco más alto, entre fe y ciencia -sobre todo las ciencias positivas- siempre habrá una especie de tensión. Y creo que es bueno. Porque, por una parte, la ciencia puede decir a la fe: “mire, quizá crean usted algunas cosas que no pertenecen al centro y al núcleo mismo de su fe. Doy un ejemplo: Galileo es un ejemplo absolutamente claro. Galileo* dice “no, no es la Tierra que gira alrededor del Sol, es a la inversa. Además, se ve: se ve salir el Sol por Oriente, al Este, y se pone al Occidente. Por tanto, se mueve. Y Galileo dice -y Copérnico antes que él-: “no, no es así”. Coja los seis días de la creación, al principio de la Biblia: Dios creó el mundo y el universo en seis días. Habría que haber empezado por observar que Dios crea la luz el segundo día y el sol el tercero. Eso quiere decir que, en alguna parte, no puede ser una narración que trate del cómo se hizo: eso es cosa de la ciencia. Y creo que la Iglesia no tiene nada que decir al respecto, sobre el cómo. Tiene que decir sobre el porqué. Porqué hay algo en lugar de nada: eso es otra cosa. Y creo que la ciencia decapa, como un escultor frente a un bloque de mármol de Carrara, ve ya la estatua perfecta pero debe liberar a la estatua. La ciencia positiva libera, de vez en cuando, a la fe de escorias que están a su alrededor. Y la inversa también es cierta: la Iglesia puede decir, de vez en cuando, a los hombres de ciencia positiva: “mirad, obtenéis resultados extraordinarios pero por una reducción de la realidad a su aspecto cuantitativo”. En mi vida he bebido H2O, sino agua. Quiero decir que el agua es más que el H2O. Sin embargo, es cierto, exacto. Creo, por tanto, que hay que darse cuenta de que ciencia y fe serán, hasta el fin de los tiempos -y quizá hasta un poco más allá- como los dos raíles de un ferrocarril: no permanecen idénticos pero dicen que se juntan en el infinito. Siempre he creído eso. De algún modo, por tanto, hay una dialéctica indispensable, por ambos lado, entre la fe y la ciencia. Así que hablémonos unos a otros.